Julio Llamazares – La Lluvia Amarilla (Extracto)

 Durante largo rato, inmóvil en la cama como ahora, permanecí en silencio. La noche estaba en calma, dormida bajo el hielo, iluminada apenas por una luna fría y transparente. En apariencia, y salvo los ladridos ya acallados de la perra, nada extraño podía distinguir aquella noche de cualquiera de las noches anteriores. El silencio del pueblo, la ventana entreabierta, la silueta borrosa del tejado de Bescós tras los cristales empañados por la escarcha, todo a mi alrededor seguía exactamente igual que siempre. Pero, a medida que el amanecer se fue acercando y la luna se deshizo como humo entre la enredadera blanca de la escarcha, un oscuro murmullo comenzó a envolver la casa y todo el pueblo. Al principio, era apenas un rumor subterráneo, una pasión de agua que renacía bajo el hielo y recorría lentamente los tejados y las calles. Pero, luego, cuando la luz del alba logró al fin romper el largo cerco de la noche y, sobre todo, cuando el primer reflejo de un sol entumecido se deslizó por las montañas —después de tanto tiempo— deshaciendo en sangre y vaho la ventana, el murmullo inicial se convirtió rápidamente en una tromba oscura e impetuosa. Era el río, el bramido de la nieve al derretirse, las torrenteras desbordadas por los caminos y barrancos que llegan hasta Ainielle. Era el agua, la muerte del invierno, el resurgir del sol y de la vida después de tantos meses sepultados bajo el hielo.

Durant un long moment, immobile sur le lit comme maintenant, je demeurai en silence. La nuit était calme, endormie sous la glace, à peine éclairée par une lune froide et transparente. En apparence, et exceptés les aboiements déjà étouffés de la chienne, rien d’étrange pouvait distinguer cette nuit là de n’importe quelle des nuits précédentes. Le silence du village, la fenêtre entr’ouverte, la silhouette effacée du toit de Bescós derrière la vitre embuée par le givre, tout autour de moi restait inchangé. Mais, à mesure que l’aurore approchait et que la lune s’évanouissait comme la fumée mangée par le lierre blanc du givre, un murmure obscur commença à enrober la maison et tout le village. Au début, c’était à peine une rumeur souterraine, une eau passionnée qui renaît sous la glace et parcourait lentement les toits et les rues. Mais, après, quand la clarté de l’aube réussit enfin à rompre le long encerclement de la nuit et, surtout, quand le premier rayon d’un soleil tuméfié se laissa glisser des montagnes —depuis tant de temps— décomposant sur la fenêtre du sang et de la buée, le murmure initial se convertit rapidement en une trombe obscure et impétueuse. C’était la rivière, le mugissement de la neige qui fond, les torrentueux débordements par les chemins et les ravins qui arrivent jusqu’à Ainielle. C’était l’eau, la mort de l’hiver, le resurgir du soleil et de la vie après tant de mois ensevelis sous la glace.