Gustav Leonhardt

El País del 18/01/2012
El organista y clavecinista holandés fallece a los 83 años en Amsterdam

El día que murió iba a participar en un concierto en La Haya Fue un precursor de la revolución en la aproximación al repertorio barroco Rehuyó el dinero fácil, pero siguió tocando hasta apurar sus fuerzas Solo él podía ser el maestro en ‘Crónica de Anna Magdalena Bach’

El pasado lunes falleció en Ámsterdam uno de los músicos más influyentes de los dos últimos siglos. Gustav Leonhardt dedicó su vida a la música barroca y a dos instrumentos —órgano y clave— que no arrastran multitudes, o al menos no en la medida en que lo hacen otros repertorios. Ese mismo día se celebraba en el Koorenhuis de La Haya un concierto-homenaje al oboísta Bruce Haynes, también fallecido recientemente.
Leonhardt había comprometido su participación en el acto, pero el regreso inesperado de un cáncer del que se había recuperado hace unos años y del que ahora había desistido de volver a tratarse le obligaron a cancelarla. En La Haya se reunieron muchos de sus colegas, desde antiguos compañeros de viaje como Max van Egmond hasta famosos discípulos como Skip Sempé. Nadie supo, sin embargo, durante el concierto de la muerte de Leonhardt. No deja de resultar paradójico que otro alumno, su compatriota Ton Koopman, tocara esa tarde una de las piezas fúnebres más cercanas a su maestro, el Tombeau de Monsieur Blancrocher, de Louis Couperin. Leonhardt ya no podrá tocarla nunca más y no existe quizá mejor modo de recordarlo que la grabación que él mismo realizara de esta obra en 1979: sus compases encarnan como pocos el oxímoron expresivo de una música que se vive a un tiempo como duelo y como consuelo.

Nacido en ‘s-graveland en 1928, Leonhardt fue uno de los precursores de la revolución interpretativa de la música antigua. Formó un trío legendario con el flautista Frans Brüggen y el violonchelista Anner Bylsma, convirtiendo a Holanda en lugar de peregrinación para todos aquellos intérpretes que quisieran limpiar la música barroca de todas las pegajosas e incómodas adherencias que habían incrustado en ella el siglo XIX y la primera mitad del XX. Empezó a colaborar también muy pronto con Nikolaus Harnoncourt, a quien conoció durante sus años de estudio en Viena (antes había recalado en la Schola Cantorum de Basilea, el otro templo que pugnaba por albergar el Grial de la autenticidad), y juntos acometieron una de las aventuras más fascinantes del arte del siglo XX: la grabación de la integral de las cantatas de Johann Sebastian Bach con lo que entonces se pensaba que eran las fuerzas instrumentales y vocales de que se había valido en su momento en Leipzig el compositor alemán. Aunque, por la magnitud del empeño, la empresa se dilatara varios años, lo que protagonizaron Leonhardt y Harnoncourt fue un auténtico acto revolucionario.

No es, sin embargo, en su faceta como director donde más brilló el talento irrepetible de Gustav Leonhardt, que fue, por encima de todo, un instrumentista excepcional. Organista titular de la Waalse Kerk de Ámsterdam de 1959 a 1982, peregrinó por toda Europa tocando instrumentos históricos. Sus grabaciones realizadas en los años setenta en diminutas iglesias alpinas dan una idea de cuán lejos de los oropeles y el relumbrón estaban sus intereses. Como clavecinista, no ha tenido igual en las últimas décadas. Su ingente discografía recorre todo el repertorio, desde el pináculo de Bach hasta los compositores menos frecuentados, que tocaba a menudo en partituras copiadas o transcritas por él mismo, con una caligrafía asombrosamente parecida a la del autor de la Misa en Si menor. Leonhardt tocaba con una libertad de la que raramente hacía gala cuando dirigía. Las barras de compás desaparecían bajo sus dedos, el tiempo se balanceaba y bajo su apariencia de asceta, su aspecto dulce pero hermético o su severo aire profesoral, se desbocaba un torrente de hondura y expresividad. Viéndolo y oyéndolo, era imposible sustraerse a la sensación de que, más que hacer música, él mismo era la música.

A diferencia de todos sus colegas (de Harnoncourt a Herreweghe, de Koopman a Alessandrini, de Brüggen a Antonini), Gustav Leonhardt se negó siempre a dirigir agrupaciones integradas por instrumentos modernos y la música de Mozart marcaba la última frontera de sus intereses como intérprete. Rehuyó el dinero fácil, pero ha seguido tocando, fiel a sus principios, hasta apurar sus últimas fuerzas. Ofreció su último concierto, con la certidumbre de su muerte ya cercana, el pasado 12 de diciembre en el Théâtre des Bouffes du Nord de París. Alguien ha colgado en Youtube su interpretación, ese día, de uno de esos preludios métricamente libérrimos de Jean-henry d’anglebert y es emocionante verlo, delgadísimo, casi como un espectro levemente iluminado en la penumbra, tocando con esos mitones con que tenía que calentar sus manos desde hace años, a poco más de un mes de su muerte. Fuera de programa tocó la vigesimoquinta de las Variaciones Goldberg, coronando así más de medio siglo de carrera con la música del compositor con que más se identificó. Para Jean-marie Straub y Danièle Huillet, solo él podía encarnar a Johann Sebastian en su película Crónica de Anna Magdalena Bach.

Bruce Haynes revolucionó el redil de sus colegas historicistas con su libro The end of early Music. Su homenaje post mortem coincidió el lunes con el adiós definitivo de Gustav Leonhardt, con el que no ha muerto la música antigua pero sí, irremediablemente, una manera de vivirla, entenderla y compartirla.

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